Informe sobre la percepción social del Cambio Climático

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LA CIUDADANÍA FRENTE AL CAMBIO CLIMÁTICO

Un análisis empírico de la precepción del cambio climático y de la importancia del papel de la ciudadanía en la transición hacia un modelo de sociedad más sostenible.


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== LA CIUDADANÍA FRENTE AL CAMBIO CLIMÁTICO

Un análisis empírico de la precepción del cambio climático y de la importancia del papel de la ciudadanía en la transición hacia un modelo de sociedad más sostenible. ==


ÍNDICE

PRIMERA PARTE 4

CIUDADANÍA DE LA RED DE POBLACIONES EN TRANSICIÓN

I. Introducción II. La ciudad en la que queremos vivir

III. La ciudad de los y las más jóvenes

IV. Vivir mejor donde vivimos


SEGUNDA PARTE


LA PERCEPCIÓN SOCIAL SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO

I. Introducción

II. Representación social del cambio climático

III. Relevancia del CC y el potencial de amenaza recibido por la población

IV. Influencia de las acciones individuales

V. Atribución de responsabilidad en el CC

VI. Fuentes de información del CC

VII. Actitudes y comportamientos de la población ante el CC

VIII. La energía nuclear en relación al cambio climático

IX. Valoración de las medidas de lucha contra el cambio climático

X. Conocimiento del modelo energético en nuestra sociedad

XI. Ideal de modelo energético

XII. Conclusiones


TERCERA PARTE


LA PARTICIPACION CUIDADANA ANTE EL CAMBIO CLIMÁTICO

I. El Compromiso por el Cambio también está en nuestras manos

II. ¿Competencia o cooperación?

III. Participación real y continuada

V. Ir haciendo

v Ejemplos de redes de acción colectiva local

Ø Ciudades en Transición – Transition Towns

Ø Ciudades Post Carbono

v Otros ejemplos

Ø Ciudades Lentas - Movimiento Slow Cities:

Ø Eco-Aldeas

v A modo de resumen

VI. Movimiento para el decrecimiento


== CIUDADANÍA DE LA RED DE POBLACIONES EN TRANSICIÓN ==

== Primera Parte Ciudadanía de la Red de poblaciones en transición ==


I. Introducción


La ciudadanía apunta hacia un modelo de ciudad ansiado, atendiendo a una serie de ideas adquiridas y sus deseos de vivir mejor, que sin embargo se encuentra con barreras y condicionantes. Condicionantes tan importantes como la necesidad de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero causantes del cambio climático de manera drástica y urgente, que derivan del diseño y el funcionamiento de las urbes actuales. Barreras como las dificultades de percepción de este tipo de problemas ambientales globales y con múltiples dimensiones, a las que nos enfrentamos y que nos impiden actuar, tanto a título individual como socialmente, de una manera adecuada. Límites como los que tienen la acción individual y el cambio de hábitos presentados como únicas vías para afrontar los retos propios del momento presente y del futuro más inmediato (cambio climático, reducción del acceso a recursos energéticos abundantes y baratos). La clave para sortear estos impedimentos se vislumbra en la participación activa de la ciudadanía en la construcción colectiva de las soluciones, sólidas, efectivas, reales y duraderas. Pero comencemos por el principio, y descubramos cómo es el lugar en el que nos gusta vivir, qué características tiene, qué creemos que hay que modificar de nuestras poblaciones actuales.


II. La ciudad en la que queremos vivir


Cada día más y más personas detectan que el lugar en el que viven, ciudades en su mayoría, no les satisface por algún motivo. Ya sea por la estructura de la propia urbe, por el funcionamiento y la gestión de sus servicios, o porque sus necesidades personales y sociales no son cubiertas, sienten que existen problemas en la ciudad que desean solucionar, cosas que es necesario cambiar para que se pueda vivir mejor, en un lugar más agradable.


Probablemente la primera idea que nos surge al pensar en ciudades es que son lugares que, aunque nos son familiares, nos han venido dados, no los hemos elegido ni diseñado. Son también bastante artificiales, en algunos casos incomprensibles, y realmente complejos.

Evidentemente, hemos llegado a este punto actual por algunas razones, recorriendo un camino concreto a lo largo del tiempo.

De hecho, repasando su historia encontramos que ya desde hace siglos las dinámicas del mundo industrializado han constituido las principales fuerzas que han venido desplazando población del mundo rural al mundo urbano. Este proceso desembocó hace alguna décadas en el proceso multidimensional conocido como Globalización, que terminó de consolidar el sistema campo-ciudad a escala planetaria. Esta atracción de población hacia las ciudades, junto con el crecimiento poblacional de éstas, ha producido que ya a comienzos del siglo XX la población mundial que habitaba en las ciudades superase por primera vez en la historia a la población rural.


La globalización económica y las dinámicas del comercio y las finanzas mundiales vienen a determinar el crecimiento de las ciudades, tanto en términos demográficos como de consumo de energía y materiales y necesidades de territorio (suelo, recursos hídricos, alimentos, sumideros...). La competencia entre países y regiones por conseguir posiciones económicas ventajosas se produce paralelamente entre ciudades. Hasta hace relativamente pocos años, las ciudades eran lugares compactos de múltiples usos y funciones, distinguibles y complementarias de la vida en el campo. Esta realidad se ha visto interrumpida y ha resultado en una ocupación explosiva del territorio, produciendo modelos de ciudad caracterizados por la dispersión de usos y funciones.


La ciudad dispersa que se ha impuesto durante los últimos años se caracteriza principalmente por el uso masivo del automóvil y, en muchos casos, por la vivienda unifamiliar. El automóvil ha obligado al despliegue de las infraestructuras de transporte, y el resultado es un modelo de ciudad menos eficiente (derrocha recursos, incluido el tiempo), con menor cohesión social (nos aleja de las personas con las que nos relacionamos), que sacrifica espacios naturales a favor de urbanización, provoca distorsión del ciclo hídrico, consume grandes cantidades de materiales, agua y energía y provoca ingentes cantidades de contaminantes atmosféricos.


Tal ha sido la expansión producida en las ciudades que a día de hoy en éstas se genera gran parte del mayor problema ambiental y social del siglo: el cambio climático, ya que en ellas se produce el 70% de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. De éstas, las emisiones del transporte por carretera son las que más han aumentado desde 1990, tanto en el Estado español – casi el doble hasta 2007 (un 97%) –, como en Europa –con un aumento del 32%–. Y lo que más llama la atención es que la mitad de estas emisiones del transporte se producen en los desplazamientos urbanos. Cada día nos percatamos con mayor asombro de que los coches ocupan la mayor parte de las calles, y éstas se han ido adaptando para darle más espacio, en detrimento del espacio para aceras, arbolado, plazas, carriles bici, etc. El resultado es la organización del espacio público al servicio del automóvil, y con ello tenemos mayores distancias para acceder a servicios y actividades, el aumento de los obstáculos (bolardos, vallas...), y las mayores dificultades para pasear, jugar, charlar, etc.


Junto con lo anterior el tráfico urbano es la primera causa de la mala calidad del aire de numerosas ciudades, que provoca la muerte prematura de 16.000 personas cada año en nuestro territorio, y además es responsable en buena medida de la contaminación acústica, que aumenta considerablemente los niveles de estrés y reduce la calidad de vida.


Todo este escenario nos muestra una realidad muy distante de lo que la ciudadanía reclama a través de los escasos canales de participación pública que tiene a su disposición. Mediante el contacto directo de las organizaciones sociales con la población se constata que las expectativas, tanto de los y las más jóvenes como de las personas adultas, transitan otros caminos mucho más sostenibles, cuyas mayores motivaciones están centradas en la calidad de vida, y donde se da mucha importancia precisamente al aumento de las posibilidades de participación activa en los asuntos de la ciudad.


III. La ciudad de los y las más jóvenes


Pensar en el futuro, o en un lugar ideal para vivir, nos trae a la mente la imagen de las generaciones futuras, aquellas que serán adultas dentro de algunas décadas. Cuando imaginamos cómo nos gustaría que fuera nuestra ciudad, y más aún cuando tratamos de influir en ella para que se cumpla, en realidad lo que estamos haciendo es construir una ciudad para las generaciones jóvenes actuales, y también para las que están por venir.


Las ciudades son los espacios con mayor cantidad de población, en las cuales las personas duermen, comen, trabajan, se educan, se relacionan y, en definitiva, aprenden la cultura de su comunidad más cercana y también la que predomina en la ciudad (que no siempre coinciden, o no del todo). Por tanto, según el modo en que la ciudad influya en los hábitos de vida de la gente, así ésta aprenderá a relacionarse con el entorno y con las demás personas.


Por tanto, según vayamos construyendo las ciudades, también iremos construyendo los modos de vivir de nuestra sociedad e influiremos en la posibilidad de las generaciones más jóvenes para disfrutar de la calidad de vida y de su continuidad en ellas.


La opinión de las personas que se encuentran en estos momentos en la franja de edad más joven, nos revela que existe una mezcla considerable entre diferentes aspectos. Los deseos de sostenibilidad ambiental conviven con la sensación de inalterabilidad de las estructuras, cierta impotencia ante la inexistencia percibida de canales de participación para expresar sus opciones, y poca claridad acerca de sus necesidades reales. Resulta, por tanto, imprescindible realizar un análisis en profundidad de si realmente las ciudades se adaptan a nuestras necesidades humanas o no, facilitando con ello una mejor calidad de vida. Para ello, es imprescindible conocer cuáles son esas necesidades y diferenciarlas debidamente de los modos que tenemos de satisfacerlas.


Llaman poderosamente la atención algunas de sus opiniones en relación con elementos de la ciudad actual que se podrían identificar con la insostenibilidad de la misma. Se percibe en estos casos una disonancia cognitiva o tensión entre dos conceptos, o creencias, que se consideran verdaderas y que, en realidad, son incompatibles. Pongamos el ejemplo de la movilidad en las ciudades, que además puede suponer una parte fundamental del paradigma urbano actual. La importancia de distinguir entre necesidad y satisfacción se ilustra muy claramente al ver cómo los y las jóvenes piensan en coches y carreteras al imaginarse la movilidad dentro de la ciudad y, sin embargo, perciben la contaminación atmosférica y acústica como un gran problema en las ciudades, achacándola en muchos casos directamente a la alta presencia de vehículos.


Cuando la ciudadanía en general o, en este caso, la juventud en particular tienen una serie de ideas preconcebidas con respecto a una serie de temas relacionados con la ciudad, y en cambio estas ideas no se corresponden con sus verdaderas necesidades, la búsqueda de soluciones ante situaciones de crisis, ya sea ésta económica, social o ambiental (como es el caso del cambio climático) será, no solamente compleja, sino que además se sustentará sobre unas bases no reales, incluso contrarias a la meta que queremos alcanzar.

Continuando con la interpretación, estas ideas preconcebidas pueden responder a una serie de mitos arraigados en la cultura, panaceas que impulsan a creer que la única o la mejor manera de resolver las necesidades viene dada por una serie de hábitos, que se han ido estableciendo como normales, para dar satisfacción a una serie de problemáticas determinadas. Algunos más de estos mitos podrían ser: el centro comercial, como lugar para hacer las compras, para pasar la tarde, para tomar un café, para ver una película, etc.; y el transporte motorizado y privado como medio ideal para trasladarse de un lugar a otro de la ciudad, para realizar tareas (como ir al centro comercial), etc.


Sin embargo, respondiendo a las características propias de estas edades se advierte una clara tendencia a la búsqueda de cierta sostenibilidad, con componentes tanto ambientales como sociales. A pesar del protagonismo más o menos marcado de los mitos anteriormente esbozados, la juventud tiene muchos intereses que escapan de los modelos actuales y, además percibe, de un modo u otro, toda la problemática asociada a los mismos.

Así, demandan en gran medida los espacios abiertos y cerrados en los que puedan dar rienda suelta a sus aficiones. Dentro de los cuales se encuentran espacios para practicar algún tipo de deporte, como el patinaje, y espacios para relacionarse entre ellos, como los parques o las zonas de juegos.

Pero no es sólo con las relaciones que establecen entre los mismos grupos de edad como expresan sus necesidades, es también a través de la relación con el entorno. Dicha tendencia se muestra a través de sus demandas de que haya más espacios verdes y árboles dentro de la ciudad y paisajes naturales que la rodeen (playas, montañas, …).

Asimismo, y para terminar de completar el cuadro de la ciudad deseada por los y las jóvenes, entre otros intereses para mejorar la calidad de vida de su ciudad se encuentran: las restricciones al tráfico motorizado, la limpieza de las calles, la disminución del ruido y de la contaminación del aire, el reciclaje y la responsabilidad ciudadana hacia su entorno y hacia las demás personas.


IV. Vivir mejor donde vivimos


La opinión mayoritaria de la ciudadanía, que se desprende de las consultas realizadas en diferentes momentos y por diversos actores, es que las ciudades actuales son lugares donde se hace cada vez más difícil vivir con un nivel de calidad aceptable y donde hay un amplio margen para mejorar las condiciones de vida en ellas.


La preocupación fundamental de las personas que viven en ciudades está relacionada con la movilidad. No en vano es este aspecto, tal y como se ha comentado anteriormente, una parte esencial del paradigma urbano actual, por no decir de la propia civilización. Teniendo en cuenta que alrededor de la movilidad giran elementos tan importantes como el diseño de la ciudad: el espacio dedicado a cada modo de transporte; la forma y la distancia entre los elementos urbanos; el espacio dedicado a otros elementos urbanos diferentes de los modos de transporte, como zonas verdes y arbolado; las actividades económicas que se desarrollan; el ritmo de vida de las personas que viven en ella,… se comprende que la aspiración de la ciudadanía sea tener una movilidad racional. Lo cual indica también que la movilidad racional, en cuanto a la manera en la que se mueven las personas dentro de la ciudad pero sin descuidar el matiz de la racionalidad de la misma, se presenta como una de las grandes carencias de los espacios urbanos actuales.


Asimismo, e intrínsecamente relacionado con lo anterior tal y como se ha mencionado, una ciudad mejor sería la que siguiese unas pautas de diseño diferentes a las actuales, donde el transporte motorizado privado, es decir, el coche, se ha convertido en las últimas décadas en factor determinante para el diseño de la estructura y el funcionamiento de las ciudades. De esta forma, se anhelan espacios menos dominados por los elementos artificiales (cemento, asfalto, plazas enlosadas, etc.) y con mayor presencia de naturaleza y entornos limpios y sanos. Además, las personas que se pueden considerar más sensibilizadas con la problemática ambiental y social ya se encuentra utilizando los medios de transporte, y los hábitos de vida relacionados con los mismos, menos motorizados y más sostenibles. Así, se ocupan de realizar las actividades diarias trasladándose a pie o en bicicleta, o recurriendo a los modos de transporte colectivos y públicos que les brindan en estos momentos las instancias municipales de sus localidades. En muchas ocasiones se desplazan distancias considerables en los desplazamientos, o invierten bastante tiempo en ellos, a pesar de que el coste percibido de hacerlo de esta manera pueda ser considerado por una parte importante de la población como alto o muy alto. Es decir, toman la decisión consciente de realizar una actividad que consideran importante en contra de las condiciones físicas del entorno en donde viven y en contra también de la opinión, y los hábitos, de buena parte de sus conciudadanos. Lo cual convierte dicha decisión en doblemente consciente y valiosa.


Existe, sin embargo, cierto equilibrio en los hábitos de compra de este colectivo sensibilizado entre los supermercados y las tiendas de barrio y pequeños comercios. Se puede considerar, en consecuencia, que los modos de consumo relacionados con la alimentación tienden muy ligeramente hacia la sostenibilidad si se considera que tanto las tiendas de barrio como los pequeños comercios fomentan la cohesión social y tienen proveedores más o menos locales, y si se considera también que los supermercados tienen prácticas menos depredadoras de las condiciones ambientales y sociales que las grandes superficies y centros comerciales. Resulta especialmente revelador que uno de los usos principales que se les da a este tipo de espacios sea precisamente el de pasear, encontrarse con sus conciudadanos y relacionarse. Y esto sucede para prácticamente todas las franjas de edad, lo cual indica también que esas actividades se encuentran entre las necesidades de las personas que viven en las ciudades, y que son una parte esencial del ser social que somos, y que ya se describía en la antigüedad. Parece pues que la gran afluencia de gente a estos centros de ocio comerciales y de venta de productos tiene una parte importante de relación social, donde la compra de alimentos y otros bienes queda relegada en muchos casos a un segundo plano; y que en algunas franjas de edad es prácticamente inexistente.


En coherencia con lo anterior, se obtiene que las motivaciones principales que tienen las personas, sobre todo las más sensibilizadas con la sostenibilidad, para realizar las decisiones de compra están relacionadas con la cercanía y la calidad de los productos. De esto deriva evidentemente que realicen sus compras alimenticias en los establecimientos que han quedado subrayados anteriormente.

El modelo de ciudad resultante de las opiniones sobre las carencias detectadas, los hábitos de vida actuales, los costes percibidos de las acciones realizadas o planteadas como sostenibles, y los modos de vida relacionados con el ocio y el tiempo libre recogidas de la ciudadanía, sería uno bastante diferente del actual.


Estaría dirigido por la prioridad de una movilidad racional, que no sólo ayudaría a diseñar una estructura de ciudad diferente, con espacios más naturales y menos artificializados, sino también que conllevaría unos ritmos más lentos que posibilitarían la visibilización, la participación activa y la puesta en valor de los colectivos menos rápidos y agresivos, como las personas mayores, las más pequeñas y las que tienen la movilidad reducida. Asimismo, con menor aceleración y menos medios de transporte motorizado se obtendrían ciudades con menos ruido y contaminación del aire, donde la cercanía se convertiría en un valor al alza y, en consecuencia, con la posibilidad de que sus habitantes pudieran acceder a una mayor calidad de vida, que es el objetivo señalado mayoritariamente.


La utilización del espacio público, fundamentalmente en las actividades de ocio realizadas en el tiempo libre, se vería sensiblemente potenciado. Si tenemos en cuenta que ya en la actualidad ese espacio en muchos casos se sobre-explota, obtenemos una idea de la necesidad de una mayor dimensión y cuantía de dichos elementos. Así pues, sería previsible además, en un modelo como el esbozado, que las personas que viven en las ciudades accediesen a una mayor cantidad de tiempo para actividades no remuneradas, con el consiguiente aumento del tiempo de calidad para actividades personales.


En lo referente a los canales a través de los que se puede lograr un modelo de ciudad más cercano a las inquietudes, necesidades e ideales de la ciudadanía, también se expresan carencias importantes respecto a los actores que tienen influencia en las decisiones que se toman en la ciudad. Así, que sean el gobierno municipal, las empresas y los partidos políticos quienes tienen más capacidad de decisión en las cuestiones urbanas es percibido por la ciudadanía como un problema. Estas instituciones son percibidas como elementos que alejan a la ciudadanía de las decisiones sobre la ciudad, que les afectan por ser el lugar donde viven, desarrollan la mayor parte de sus actividades y del que dependen sus vidas.


Es por esto que la ciudadanía confía y prefiere que sean organizaciones asociativas (ecologistas, vecinales) las que cobren mayor protagonismo en las decisiones que tienen que ver con la ciudad. De alguna manera se percibe que éstas pueden defender mejor sus intereses y acercar las decisiones a lo que realmente se prefiere sin intermediarios que adulteren sus opiniones.


Una de las consecuencias ambientales que se derivan de este modelo de ciudad preferido por la ciudadanía trasciende incluso los propios límites de ese espacio. La movilidad racional, la cercanía, los ritmos menos acelerados, los espacios naturales y menos artificializados, y el aumento de la participación ciudadana en las decisiones de la urbe tienen unos efectos muy beneficiosos para encontrar vías de solución al cambio climático. De hecho, esas características de la ciudad deseada contribuyen a reducir considerablemente las emisiones de gases de efecto invernadero que se producen en el transporte, en la utilización de la energía doméstica y comercial, y en el consumo de diversos bienes y servicios que se llevan a cabo en la ciudad.


No resulta casual que la búsqueda de la mejora de la calidad de vida en lugares tan poblados y con tanta importancia civilizatoria como las ciudades siga las mismas directrices que las vías de solución al problema ambiental más englobador. Sin unas ciudades tan insostenibles en su concepción y modos de funcionamiento, habría sido difícil que apareciese el cambio climático, siendo como es el mayor síntoma de insostenibilidad planetaria.



== LA PERCEPCIÓN SOCIAL SOBRE EL CAMBIO CLIMÁTICO ==


Segunda Parte La percepción social sobre el cambio climático


I. Introducción


Para desarrollar políticas eficaces de lucha con el Cambio Climático (en adelante CC) estamos obligados a conocer cómo se percibe este CC en el Estado español y su incidencia en los comportamientos y actitudes cotidianas.


La preocupación por el CC ha ido en aumento en los últimos años, pese a las dificultades para comprenderlo y a la falta de información sobre cómo contribuir a mitigarlo. Las encuestas de opinión en el Estado español muestran que el 60% de la población afirma entender el cambio climático y conocer sus causas, y un 85 % lo atribuye –certeramente- al consumo de combustibles fósiles. Aunque existe aún un alto porcentaje que –erróneamente- cree que el cambio climático es consecuencia del agujero de la capa de ozono. Desde una perspectiva personal el CC es significativamente diferente a cualquier otro problema ambiental. Se manifiesta a través de cambios regionales de diferente carácter y magnitud que alcanzan diferentes zonas del planeta pero que, por diferentes motivos, nos parecen imperceptibles. Un ejemplo es la dificultad para asociar como un suceso peligroso el que aumente la temperatura media en unas décimas, o incluso que disminuya la biodiversidad. Lo mismo nos ocurre con las causas que lo provocan, pues tendemos a ver la atmósfera como una inmensa masa de aire sobre la que nuestras pequeñas acciones no pueden ejercer ningún daño.

A la dificultad que tenemos para relacionar las causas y efectos del CC, hay que añadir la falta de información sobre el impacto que los diferentes bienes, productos y servicios ejercen sobre el clima. Sea porque la información es insuficiente, por su complejidad técnica, o por ser parcial e interesada, se pueden echar por tierra fácilmente los esfuerzos para incentivar servicios y tecnologías con el menor impacto ambiental.


Sin embargo en círculos científicos, ecologistas y políticos en el último lustro las investigaciones sobre el CC han adquirido un notable peso específico profundizando en los fenómenos que los causan y en sus consecuencias, así como en prever los escenarios de futuro más probables derivados del CC, en el ámbito global y a escalas cada vez más pequeñas (regionales, locales..) como bases imprescindibles para diseñar políticas que mitiguen los efectos del CC, teniendo en cuenta la vulnerabilidad y características especificas de cada territorio y comunidad humana.


El cambio climático es percibido por la población como un problema lejano y global, considerándolo más grave cuanto más se aleja de su ámbito de proximidad. Así, el CC se identifica como un problema a escala mundial, y, sin embargo, cuando el ámbito territorial de referencia es la Comunidad Autónoma o el municipio la relevancia otorgada al problema es muy baja.


El alto grado de reconocimiento de la población del CC como un problema generado por la actividad humana y su valoración como una amenaza potencial, no va acompañado de una predisposición a adoptar compromisos concretos en los ámbitos de la esfera personal que más inciden en la causa del problema.


El grave problema de la crisis climática ha de afrontarse desde la necesidad inequívoca de atraer a la ciudadanía y comprometerla. Se necesitan cambios importantes, más allá de los modestos objetivos establecidos por el Protocolo de Kioto y posteriormente en la Cumbre del Cambio Climático de Cancún, de los que casi la mitad de la población desconoce su existencia. Aún son menos los que saben que sólo establece compromisos de reducción concretos a las grandes empresas, fundamentalmente del sector energético, en los países industrializados El acuerdo al que se llegue después del 2012, ha de ser mucho más ambicioso, tanto en las cuotas de emisión a recortar, como en los sectores y países que asuman objetivos y compromisos; sectores como el transporte, la agricultura, el turismo o el ámbito de las emisiones difusas –las domesticas y las resultantes de la movilidad urbana-.


Kates (2007) sugiere que han de darse cuatro condiciones para que la sociedad reaccione efectivamente y de forma urgente ante los desafíos del CC: a) la experiencia colectiva de eventos significativos; b) la existencia de estructuras y organizaciones capaces de catalizar e impulsar la acción; c), la disponibilidad de soluciones aplicables a los problemas que requiere el cambio; y sobre todo, d) que se produzcan mudanzas significativas en los valores y actitudes de la población. A estas cuatro dimensiones, el estudio sobre la sociedad ante el CC de la fundación Mapfre (2009) añade otras dos más: en primer lugar, el ajuste más preciso de la representación social del cambio climático con las políticas institucionales de respuesta a todos los niveles (global y local, en la esfera colectiva y en la doméstica, a corto y a medio plazo…) para identificar de forma más clara las responsabilidades personales y colectivas que causan el problema y motivar la implicación en las soluciones. En segundo lugar, la necesidad de hacer más visible para la ciudadanía las políticas de respuesta al CC, las ya existentes o que se aplicaran en los próximos años, formando las competencias para la acción personal y colectiva que se requieran para aumentar las probabilidades de éxito. Asumiendo esto, el factor social (entendiendo como factor social la percepción de la ciudadanía del problema del cambio climático) debe considerarse como un componente crítico estratégico para conseguir que las previsiones más negativas sobre el CC no se cumplan.


II. Representación social del cambio climático


El primer pensamiento que le viene a la cabeza a las y los ciudadanos del Estado español, al hablar de cambio climático, es muy variado; tal y como se detalla en los párrafos a continuación.

Cuando se habla de cambio climático la población española tiene sensaciones y pensamientos negativos; en dos de cada 10 personas, piensa en el aumento de temperaturas y en olas de calor y frio (18%) y, se preocupa por la escasez de agua y la desertificación (11,3%). Las alteraciones de los ciclos naturales del clima son la preocupación del casi 1 de cada 10 personas, es asociado al deshielo en los polos, nieve y osos polares en por un 8%, mientras el 3,1% lo interpreta como un fenómeno natural del tiempo –confundiendo tiempo y clima. Casi en parecido porcentaje se expresan las personas a las que les suena a inundaciones y las que piensan en catástrofes naturales (tsunamis, terremotos, erupciones…), lo mismo que quienes piensan en deforestación y desaparición de espacios naturales. El 2,1% lo ve como sólo como un problema para el futuro y las generaciones venideras; mientras que un 2% considera que es falso o alarmista, o que no está suficientemente demostrado.


Fig. 1 - Opinión pública sobre las causas del cambio climático


Como puede verse en la figura 1, un porcentaje significativo de personas expone en sus respuestas que el CC se debe a procesos naturales. Un 63,6% de la población entiende que el CC es proceso un provocado por la actividad humana, mientras que el (23,4%) atribuyen este problema a una combinación de causas naturales y antrópicas Sólo el 6,6% se decanta por la afirmación de que el CC es un proceso natural de la Tierra. Con estos datos, se podría pensar que los argumentos conducentes a relativizar el impacto humano sobre el clima, destacando las posibles causas naturales del calentamiento global, pueden estar calando en parte de la sociedad, dando mayor presencia pública a una creencia que a principios de la década actual parecía tener menor peso.


En cualquier caso las acciones informativas, de comunicación y educativas sobre el CC han de insistir especialmente en el papel de las actividades humanas en la desestabilización del clima.


III. Relevancia del CC y el potencial de amenaza recibido por la población


Casi 7 de cada 10 personas, asumen que tiene una alta probabilidad de llegar a padecer olas de calor extremo; 3 de cada 10 piensan que sufrirán una inundación (en la población que vive en las costas españolas esta proporción es mayor que en la que vive en el interior); sufrir una ola de frio extremo es visto como más probable entre los residentes en zonas continentales y atlánticas (entre un 39,1-32,4%). En el medio y largo plazo, se espera que el CC pueda tener efectos biofísicos más relevantes en el comportamiento del clima, y otros de naturaleza sistémica, en el funcionamiento económico y social de país. Aunque no todas las expectativas de los ciudadanos sobre las previsiones científicas coinciden, la mayoría sí.


Casi 7 de cada 10 personas temen que las olas de frío y calor asociadas al CC empeoren su salud, temiéndose especialmente la posibilidad de padecer cáncer de piel –falso está relacionada con el agujero de la capa de ozono y no con el CC- y no apreciando la posibilidad del avance de las enfermedades conocidas como tropicales –cierto el CC favorece la aparición de vectores transmisores de estas enfermedades en latitudes en las que no se daban previamente-.


La mayoría de la población espera consecuencias ligadas a la mayor frecuencia de fenómenos atmosféricos extremos asociados a la variación de las temperaturas –sequías, incendios, olas de calor y frío...-.


El encarecimiento de los recursos de primera necesidad, como el agua y los alimentos y la disminución de la actividad agraria, preocupan tanto como los impactos sobrevenidos del sistema productivo.


Las consecuencias sociales del CC se proyectan en las inquietudes de la opinión pública ligadas a la pobreza (84,5%), las migraciones (84,7%) o las enfermedades (83,5%).


Los estudios realizados por la fundación BBVA y la fundación Mapfre, muestran que un 11,6% de la población califica el CC como una moda pasajera y 2 de cada 10 personas entienden que no les afecta personalmente.


Sobre las afecciones en el Estado español del CC el 17% manifiesta que no todos los efectos serán negativos, mientras el 55,4% rechaza esta afirmación, el 25% no se manifiestan al respecto. Con ello se puede afirmar que hay una parte importante de la población que aún no cuestionando el CC, tiende a relativizar los riesgos ecológicos, sociales y económicos que acarrea.


IV. Influencia de las acciones individuales


Dos de cada tres personas afirman que las acciones individuales pueden influir en el CC asumiendo tener capacidad de actuar individualmente ante él. Algo más de 2 de cada 10 personas piensan que no pueden hacer nada siendo una frase recurrente “el calentamiento global es un problema de tal magnitud que difícilmente lo que yo haga puede contribuir a reducirlo”.


Más de la mitad de la población entiende el CC como un problema inmediato, aunque todavía es una parte importante la que lo considera un problema de cara al futuro.


De hecho 6 de cada 10 personas, se expresan en los siguientes términos: ”todavía estamos a tiempo de evitar el CC”, frente a un 21% que cuestiona esta posibilidad. Estos datos revelan que no se termina de aceptar que el CC ya se está produciendo y que lo que se necesita es trabajar, no para evitarlo, sino para mitigar sus causas y adaptarse a las consecuencias ya en curso o que se esperan a medio y largo plazo.


V. Atribución de responsabilidad en el CC


La percepción de la ciudadanía otorga la máxima responsabilidad de las causas del cambio climático a las grandes industrias en primer lugar (9 de cada 10), seguida de las instituciones –gobiernos, U.E. y ONU-; e instituciones ligadas con la gobernabilidad en distintas escalas. Son las grandes industrias, las máximas responsables del CC para la población, pero no son vistas como tales a la hora de buscar soluciones. En el caso de las instituciones, algo más de tres cuartes partes de la ciudadanía entiende que la responsabilidad es máxima.


En un punto medio: algo menos de la mitad de los y las ciudadanas, se siente auto identificada como responsables, pero 4 de cada 10 personas se atribuyen una responsabilidad media y/o mínima. Tras estos agentes aparecen la Administración local y los científicos, medios de comunicación y ecologistas.


Respecto a los científicos y medios de comunicación, la responsabilidad, en las emisiones de gases efecto invernadero es, en todo caso, subsidiaria de otros grupos o intereses sociales. Los científicos se encuentran en un escalafón intermedio en la responsabilidad de la búsqueda de soluciones al CC, a los medios de comunicación se les atribuye una responsabilidad muy baja.


Llama la atención el papel otorgado a los ecologistas, cuyo rol es esencialmente de mediación, sensibilización y dinamización social, y su responsabilidad en las emisiones de gases efecto invernadero es nula. En este caso se produce una bipolarización de las opiniones interesante: son mayoría las personas que les atribuyen una responsabilidad mínima (45,9%), aunque también son muchos los que les otorgan una máxima responsabilidad en el CC (31,1%). En cuanto a la búsqueda de soluciones se adjudica una responsabilidad media.


Se adjudican una mínima responsabilidad a los agricultores y ganaderos, no otorgando la responsabilidad real que representan como contribuyentes a las emisiones de gases de efecto invernadero o como destructores en determinadas condiciones de los sumideros naturales de carbono. No se les atribuye prácticamente ningún papel en la búsqueda de soluciones.


Podemos detectar, por tanto, la dificultad de la ciudadanía en identificar el papel que juegan las actividades del sector primario en el CC.


VI. Fuentes de información del CC


Desde hace relativamente pocos años el CC ha saltado a la opinión pública pasando de ser un debate científico y ecologista, a convertirse en tema de conversación cotidiana y hasta recurrente.


Los medios de comunicación han venido dedicándole cada vez más atención. La ciudadanía afirma recibir información sobre el CC, mayoritariamente a través de los medios de comunicación generales: la televisión (95,3%), los periódicos (74,3%) y la radio (68,1%). Y más de la mitad, el 61,8%, señala también las campañas publicitarias, confirmándose así como un recurso informativo.


En el Estado español se ha multiplicado la edición de libros sobre el cambio climático; las diferentes comunidades autónomas y ayuntamientos -Red Española de Ciudades por el Clima y el Pacto de los Alcaldes- han puesto en marcha campañas de información y programas educativos con el objetivo de hacer ver a la población la necesidad de reducir las emisiones de CO2. Las organizaciones ecologistas centran una buena parte de su trabajo en el tema y multiplican sus esfuerzos en campañas destinadas a concienciar a la ciudadanía.


Sin embargo, internet (38,2%), la lectura de libros (28,8%), las revistas especializadas (28,3%) y las sesiones de clase en la enseñanza formal (20,2%) son medios con una audiencia más minoritaria, pero importante.


Atendiendo al grado de confianza que despiertan en la población los diferentes interlocutores, son los científicos, los ecologistas y los educadores ambientales los que merecen una mayor credibilidad, y ello a pesar de no ser los más identificados como informantes del CC.


Fig. 2 - Gráfico que evidencia el grado de confianza de la ciudadanía sobre la información de CC.


VII. Actitudes y comportamientos de la población ante el CC


Considerando que la respuesta a la problemática ambiental viene dada no tanto por el grado de conocimientos y preocupación que se manifiesta, sino por las acciones que le acompañan, podemos detectar que las y los consumidores españoles son ahorradores, desde hace más de una década. Sobre todo tras la última subida del precio de la electricidad en enero de 2011 tratan de ahorrar, fundamentalmente apagando luces, reduciendo el gasto de calefacción eléctrica y aire acondicionado, y ya son muchos los que comprueban el modo espera de los aparatos. Aún así el consumo sigue aumentando año a año, se compran aparatos eléctricos más eficientes y se implantan hábitos de consumo más racionales, pero contrariamente a la lógica, se utilizan cada vez más electrodomésticos y se incrementa su uso.


Casi la mitad de la población estaría dispuesta a aceptar un incremento de los precios si dicho encarecimiento revirtiera en plusvalías medioambientales. Concretando más: aceptaría hasta un 10% de incremento del precio en electrodomésticos más limpios y en los gastos del transporte público. 4 de cada diez personas asumirían también el pagar un coste adicional por los alimentos, la electricidad y la calefacción; El 55,53% considera el combustible especialmente costoso, por lo que mayoritariamente no se muestran dispuestos a nuevas subidas.


El coche privado sigue siendo usado por 6 de cada 10 personas, manifestando gran dependencia de él la mitad de las mismas; escogiéndolo siempre para sus desplazamientos privados, frente al transporte público y la bicicleta.


Aunque en los últimos años se ha producido una evolución hacia el uso del transporte público, con los actuales precios y el pico del petróleo, parece previsible que aumente la predisposición a optar por el aumento del uso de transportes alternativos al coche. La sociedad del Estado español se muestra dispuesta a tolerar incrementos en el precio si dicho margen se destina al desarrollo de tecnologías de su hogar, que mejoren el medio ambiente y sean más eficientes; máxime cuando esto lleva aparejado implícitamente un mayor ahorro.


Las actitudes pro-ambientales pasan a ser minoritarias cuando el cambio en los comportamientos conlleva desprenderse de bienes materiales o del bienestar subjetivo que comportan, tales como el uso del coche particular o la producción de menores cantidades de residuos.


Las soluciones al CC se enfrentan a los estilos de vida dominantes en el mundo actual. La sociedad española no es una excepción, sobre todo si tenemos en cuenta el alto grado de dependencia de los derivados del petróleo y en general de las fuentes de energía fósiles.


Una parte importante de los cambios necesarios para mitigar los efectos del CC pasa por disminuir el consumo desenfrenado y cambiar las fuentes energéticas, con lo que necesariamente hay que realizar cambios personales y colectivos en terrenos como la movilidad y el consumo, y no sólo energético, que han de ser entendidos y aceptados por la ciudadanía.


Entre las fuentes necesarias para introducir el cambio de modelo energético, la que cuenta con más aceptación social es la solar, siendo la preferida por más de la mitad de la población que la percibe como la menos perjudicial para el medio ambiente, la que plantea menos riesgos para la salud y la que estaba hasta ahora más apoyada por el Gobierno -también es percibida como la más económica-.


En el segundo nivel de preferencia se encuentra la eólica; dos de cada 10 personas la consideran la menos perjudicial y la más económica, el 13,8% como la que menos perjudica al medio ambiente y el 15% apuesta por ella como la que debería ser más apoyada por el Gobierno.


En un nivel de preferencia inferior se encuentra la energía de origen hidráulico. Y menor aún la de origen nuclear (mención en el siguiente apartado). Los combustibles fósiles se consideran la peor fuente de energía.


Fig 3 Balance eléctrico mensual


VIII. La energía nuclear en relación con el cambio climático


La propuesta, del uso de la energía nuclear como respuesta al cambio climático no es la solución y sí un grave problema.


La energía nuclear, contaba aún antes del accidente de Fukushima con porcentajes muy bajos de aceptación (2,6%) . En cuanto a los riesgos que supone para el medio ambiente y la salud, la energía nuclear aparecía relegada a porcentajes muy bajos antes del accidente citado, aparecía en tercer lugar –sólo superada por la solar y la hidráulica- entre las que debería de apoyar el Gobierno.


Está es una aparente paradoja que tiene su explicación. A pesar de contar con un porcentaje de apoyo social bajo, quedaba implícito que contaba con una mayor aceptación social que en un pasado inmediato. A dicha situación se llegó fundamentalmente por razones pragmáticas (económicas y políticas), a las que se ha dado un giro importante tras volver a comprobar con el accidente de Fukushima la grave amenaza que supone para los pueblos del mundo y los riesgos a los que estamos sometidos; sin olvidar el tema, aún no resuelto de los residuos nucleares.


Tampoco han sido baladí las campañas orquestadas desde el lobby nuclear mostrando la energía nuclear como la mejor alternativa al cambio climático y marcando la tendencia popular de que la energía nuclear es un mal menor por el que se debía de optar de manera irremediable . Campañas que han contado con importantes altavoces en los medios masivos de comunicación social.


En abril de 2011 podemos decir que la energía nuclear vuelve a estar cuestionada y llamada a desaparecer por parte de una inmensa mayoría de los ciudadanos y ciudadanas de este país .


IX. Valoración de las medidas de lucha contra el cambio climático


Si tentemos en cuenta las encuestas realizadas sobre el tema, la valoración se ha realizado sobre las medidas de lucha contra el CC que ya se están aplicando por parte de las distintas administraciones, y sobre otras susceptibles de aplicarse. Esta valoración se expresa en los términos expuestos en los siguientes párrafos.


La medida que cuenta con mayor nivel de acuerdo son la institución de subvenciones para mejora de aislamiento de viviendas: 8 de cada 10 ciudadanas se declaran bastante o muy de acuerdo con ella, mientras que sólo un 5,1% manifiesta su desacuerdo.


Con una aceptación similar y un menor rechazo se encuentran medidas orientadas al desarrollo de más campañas de sensibilización ciudadana para el ahorro energético. Le siguen las inversiones en transporte ferroviario con un 76% de aceptación y un 4% de rechazo.


Con algo menos de apoyo aparece la inclusión en los nuevos automóviles de una etiqueta que informe sobre el consumo energético (69,7%), rechazo por parte de una de cada diez personas.


Hay dos medidas que cuentan con una mayor tasa de rechazo: a) la puesta en marcha de una posible moratoria que suspendiese por tiempo indefinido la construcción de nuevas autovías y autopistas; y b) la posible subida de los impuestos sobre los combustibles para reducir el consumo de gasolina y petróleo. Esta última es la que cuenta con un mayor rechazo (65%) y menor apoyo (18,8%). Dato a tener en cuenta, ya que estas dos medidas están ligadas a una concepción de la movilidad relacionada con el vehículo privado y un determinado estilo de vida. Otras medidas apuntadas por los ecologistas como necesarias y que también cuentan con un importante nivel de rechazo de la ciudadanía son, la puesta en marcha por parte del Gobierno de medidas restrictivas de velocidad (su puesta en práctica responde más a razones económicas que medioambientales), y la moratoria por tiempo indefinido de construcción de más tramos de tren de alta velocidad.


También se han recogido las preferencias sobre medidas orientadas al ámbito local.


Nueve de cada diez encuestados expresa su acuerdo con la promoción del acceso en el transporte colectivo a los centros de actividad (universidades, polígonos industriales, hospitales...)


En segundo nivel de preferencia, y con gran mayoría (84,5%), aparece el establecimiento de vías ciclistas diferenciadas del tráfico motorizado.


Medidas orientadas a la restricción del uso del automóvil privado en zonas urbanas, cuentan con el apoyo de 7 de cada 10 personas, mientras que el 17,4% se manifiesta en desacuerdo.


El establecimiento de zonas urbanas con la velocidad de tráfico limitada a 30 km/h cuenta también con un alto nivel de apoyo (61,3%) frente al 20,6% que lo rechaza.


La medida de carácter local que cuenta con menor grado de acuerdo es la prohibición de nuevas urbanizaciones alejadas de los núcleos urbanos consolidados, frente a la que se declara a favor el 49,9%, el porcentaje de desacuerdo es muy alto, el 37,5%.


X. Conocimiento del modelo energético en nuestra sociedad


La mayoría de la población encuestada –un 77%- cree que el sector industrial consume la mayor parte de la energía, por delante del transporte que es identificado por una 12,3%. Sin embargo, en realidad es el transporte el que acapara un mayor consumo de energía -36%-, seguido de la industria con el 35,8%.


Esta visión sesgada lleva a que se sobrevalore la responsabilidad del sector industrial en las causas del CC, a la vez que se minimiza la relevancia del consumo doméstico y, sobre todo, el peso energético principal del transporte por carretera y de la movilidad motorizada prima en el Estado español.


De cada tres personas sólo una señala el transporte como uso que genera más consumo energético. Dos de cada tres personas tienen dificultades para identificar correctamente el patrón de consumo energético en el estado. Por ello sus estrategias de ahorro en el consumo domestico para combatir el CC son erróneas.


El apoyo por parte de la población a los combustibles fósiles ha dado un giro importante. Sólo una de cada tres personas señala el transporte como uso que genera más consumo energético cuando este capítulo supone más del 50% del calculado por unidad doméstica en este país. La calefacción se señala en segundo lugar y los electrodomésticos en tercero, tendiendo a no considerarse consumos importantes como la iluminación, alimentación –de manera certera-, así como el agua caliente –que en realidad supone un 20%-.


Hay que remarcar también que la mitad de la población, no reconoce la etiqueta energética, y por lo tanto no puede interpretarla. A pesar de la importancia y relevancia de este instrumento que lleva implantado desde hace casi dos décadas, este no es útil para 4 de cada 10 ciudadanos.


XI. Ideal de modelo energético


El modelo energético ideal para la sociedad española estaría sustentado en las conocidas con el nombre de energías limpias. La energía solar es la que cuenta con un mayor apoyo (50%), seguida de la eólica con un 20% y en menor medida la hidráulica con menos de una 10%.


Hay un fuerte rechazo a la energía nuclear: la mayoría aboga por eliminarla paulatinamente. De la misma manera, se reconoce la problemática ambiental asociada al uso de los combustibles fósiles (petróleo, carbón, gas natural).


La ciudadanía aboga por el equilibrio entre el gasto económico, los riesgos para la salud y las consecuencias medioambientales; manifestando que la política energética debe guiarse, primeramente, por la protección del medio ambiente y de la salud pública; relegando al tercer puesto el criterio de garantizar precios más bajos a los consumidores.


Sin embargo existe una incongruencia que se evidencia cuando se expresa que la primera motivación para ahorrar es el coste económico, antes que producir menos contaminación.


XII. Conclusiones


• Sí se reconoce la existencia del CC (sólo un 2% lo niega).


• Sí se reconoce como un problema de graves consecuencias para el medioambiente, la salud, la alimentación, la economía…


• Sí se reconoce como un problema con origen en la actividad humana (87%).


• Se identifica a los combustibles fósiles como los causantes y las energías renovables como la solución.


• Se responsabiliza a la industria y a las empresas, lo cual supone un doble error. Primero por minusvalorar la importancia del transporte y, segundo, por exonerar en alguna medida a las Administraciones que debieran haber legislado y supervisado con mayor rigor la actividad económica.


• Se admite la renuncia a muchas cosas, la asunción de algunas incomodidades y el pago de ciertos sobrecostes. No obstante con respecto al precio de la gasolina el tema es casi tabú.



== LA PARTICIPACION CUIDADANA ANTE EL CAMBIO CLIMÁTICO ==


Tercera parte

La participación ciudadana ante el cambio climático


I. El Compromiso por el Cambio también está en nuestras manos


El sistema socio-económico en el que vivimos, teóricamente inamovible, enorme, y extremadamente complejo, se ha mostrado muchísimo más vulnerable de lo que parezca a la opinión pública, plasmada por los medios de comunicación y la publicidad. Las complejas interrelaciones económicas y políticas en las que se basa el modelo de desarrollo que nos rodea parecen tambalearse cuando algo falla.


La crisis en la que estamos tiene mucho que ver con no haber querido tener en cuenta la realidad material y haber construido sin medida castillos de naipes con economías irreales como si los recursos fueran infinitos.


La globalización económica hace que nos acostumbremos a que una multinacional estadounidense nos venda en un gran hipermercado al que vamos en coche un producto realizado en Asia con materias primas extraídas en América latina, todo ello movido con petróleo de oriente. Si algo falla, si falta petróleo, si el cambio climático provoca desastres en el planeta, todo ese sistema se desmorona.


El cambio climático que afecta globalmente al planeta, la escasez de recursos, especialmente el del petróleo relativamente barato del que depende nuestra economía y modelo de desarrollo, pueden llegar a parecer problemáticas tan inmensas y profundas que nos hagan caer en el desanimo y creer que no podemos hacer nada. No es verdad.


El cambio climático es derivado de nuestra forma de vivir. La dependencia del petróleo es derivada de nuestra forma de vivir. El cambio está en gran parte en nuestras manos. De lo pequeño a lo grande, de lo local a lo global, de lo individual a lo comunitario, nuestro día a día marca y condiciona nuestro presente y nuestro futuro.


Es hora de que dejemos de percibir el problema como algo lejano, ajeno a las acciones puntuales en lo cotidiano y en lo local. Los encuentros internacionales de expertos, de organizaciones, o de Jefes de Estado, las grandes cumbres, son importantes y deben cumplir su papel, pero debemos visualizar y asumir que estas problemáticas planetarias también pueden ser afrontadas desde las propuestas y medidas generadas desde lo local, diseñadas y puestas en práctica por cualquiera de nosotros -as.


Algo que debemos tener siempre en mente es que la participación ciudadana y el sentido de pertenencia son procesos que se retroalimentan. La implicación personal al sentirse las personas sujetos activos de su presente y su futuro estimula el aportar ideas y actuaciones concretas, sintiendo como valiosas e importantes sus aportaciones, permitiendo abordar lo global desde lo local. Cuando esa participación y aporte se realiza conjuntamente con otras personas de modo comunitario se refuerza y multiplica mucho más aun.


Lograr que las personas se sientan parte valiosa para afrontar el problema es el primero de los desafíos. Cuando se comprende que cada uno está involucrado, aunque sea en diferentes grados, tanto en generar las causas como en paliar las consecuencias o poner en marcha soluciones es cuando se genera la participación.


Debemos enfocar nuestros esfuerzos en mejorar la formación e información a disposición de la ciudadanía, capacitando todas las personas para que puedan implicarse, además de generar nuevos espacios participativos y fortalecer los ya existentes. La capacitación es fundamental, puesto que una comprensión de la importancia de las dinámicas ambientales y de los problemas existentes, induce a la participación activa en el presente de la comunidad y pone las bases para diseñar y poner en marcha planteamientos para un futuro común mejor. Todas personas conjuntamente tienen un gran potencial para mitigar las causas y los efectos del cambio climático a nivel local, aplicando su conocimiento de la realidad, las potencialidades y las limitaciones de su propio espacio y recursos humanos y materiales.


La formación e información, el conocimiento, es fundamental para quienes ocupan puestos de gestión o de gobierno, pero no lo es menos para el resto de las personas. Es prioritario potenciar espacios de intercambio de experiencias e ideas, enriquecidas por un dialogo entre perspectivas cuya diversidad enriquecerá procesos y resultados.


Uno de los factores fundamentales para involucrar a las personas en este proceso es acercar la problemática de lo global a lo local y concreto. A las personas nos resulta coherentemente más fácil actuar en algo con lo que sentimos cercanía e identificación que con realidades que le resultan más lejanas, ajenas y abstractas. Para promover la actuación y participación comunitaria es muy importante apoyar la realización de un análisis de la propia realidad cercana. Con una problemática ambiental tan compleja y multicausal, en lugar de concebirla como algo imposible de afrontar, aprovechemos la gran diversidad de sus causas para acercarnos a las soluciones. Si las problemáticas se tratan sectorial o parcialmente, enfocando aspectos más manejables en lo concreto (uso de trasporte, tratamiento de residuos, uso de la electricidad domestica, alimentación, pautas de consumo, respeto al medioambiente cercano, educación, etc.), su característica cotidiana y local hace que las personas sientan que esa realidad le es propia, alcanzable y que sus aportaciones son valiosas.


II. ¿Competencia o cooperación?


¿Cómo nos situamos ante la realidad de un futuro próximo donde escasea el petróleo?


Un petróleo cada vez más difícil de extraer, encarecerá todo producto que lo necesite para su extracción, producción o traslado. Este coste se trasladará sobre casi todo el sistema de producción y consumo que conocemos, limitando mucho el acceso a ciertos bienes, obligándonos a tener que aprender a vivir sin ello y a cubrir nuestras necesidades de otra manera.


Ante un panorama de encarecimiento y escasez podemos paralizarnos por el miedo, o podemos armarnos y prepararnos para competir y luchar contra los demás por lo poco que haya, pero esto no parece la mejor de las opciones, ya que al final todo el mundo pierde. La mejor de las opciones sería el cooperar para buscar nuevos escenarios donde podamos vivir todas las personas de modo compatible con el entorno.


Reconocemos que el cambio climático es un problema, lo vemos claro en lo global y lo lejano, pero nos cuesta verlo en lo cercano, en sus causas y en sus consecuencias. Focalizamos nuestra atención en lo que deben hacer los gobiernos y líderes mundiales, pero nos vemos muchas veces incapaces de tomar medidas, sintiendo que poco podemos hacer. Ciertamente los gobiernos deben hacer, la comunidad internacional debe actuar. Deben ponerse en marcha todo tipo de políticas energéticas, urbanísticas, de trasporte, de producción industrial, etc., que afronten de modo urgente la realidad del cambio climático.


Así también, la ciudadanía tiene que presionar a los gobiernos y los políticos para que actúen seria y urgentemente. Pero hay más, además de presionar para que los gobiernos hagan, la gente podemos ir haciendo, de modo independiente, paralelo o coordinado con lo que hagan las instituciones. Los gobiernos deben tomar medidas, pero a su vez nosotros y nosotras podemos ir tomando nuestras medidas, experiencias ejemplarizantes de buenas prácticas, experimentos innovadores y creativos que vayan abriendo camino, pues en gran parte está en nuestras manos.


La creación y puesta en marcha de herramientas de participación ciudadana es esencial para retomar la dirección de nuestro modo de vida. La suma de lo que podemos hacer de modo individual se multiplica exponencialmente si actuamos en grupo, pensando y actuado no solo sobre lo que cada cual hacemos en el entorno en el que estamos, sino trasformando este entorno para que sea como queremos.


La política está diseñada en nuestras sociedades de modo que una persona es un voto, varias personas sueltas son varios votos, pero varias personas que actúan conjuntamente pueden ser mucho más que unos votos, pueden, podemos, actuar para cambiar las cosas.


III. Participación real y continuada


La participación ciudadana ha sido aceptada de modo teórico como necesaria u obligatoria en muchos procesos de decisión y diseño de políticas, pero nos enfrentamos al gran peligro - o realidad - demasiado común en nuestras administraciones: la participación se implementa como algo puramente procedimental, meramente nominal o simbólico.


La participación ciudadana no es sinónimo de informar, no es una consulta pública en que se recaban opiniones que luego serán más o menos tenidas en cuenta, no puede usarse solo para validar o contrastar ideas prediseñadas. La participación ciudadana es mucho más que citar a unas reuniones informativas, o a la intervención en una determinada fase y momento del diseño de un proyecto.


La verdadera participación ciudadana consiste en la creación de espacios de reflexión conjunta, de intercambio de ideas y experiencias, de análisis de la realidad, planificación y construcción colectiva a partir de las aportaciones individuales y grupales. Significa abrir los espacios de toma de decisiones a la ciudadanía, desactivar los canales de comunicación preferenciales de los sectores económicamente más poderosos y acoger de manera transparente todas las voces de la sociedad en los debates sobre la planificación de nuestro entorno.


La participación es pasar de la concepción de objetos pasivos insertados en una realidad dada, a concebir y auto-concebirnos a las personas como sujetos activos con valor y responsabilidad en la construcción del presente y el futuro, conscientes de las consecuencias de nuestros actos y decisiones y de sus potencialidades, con un sentimiento de pertenencia e implicación en una colectividad, donde actuando conjuntamente nuestras aportaciones se multiplican exponencialmente.


Es este sentimiento que tiene que reflejarse en un empoderamiento de lo público, volviendo a dar sentido a lo que antiguamente significaba la palabra democracia. La participación ciudadana es la base para velar par el interés general y frente a las actuales políticas instrumentales e intereses económicos privados y a corto plazo.


La participación no debe concebirse ni circunscribirse a unos momentos concretos. La participación debe convertirse en un proceso integrado e interiorizado en la vida de las personas, de la comunidad y de las prácticas de gobierno.


IV. Ir haciendo


Tenemos la oportunidad y la posibilidad de cambiar, de hacer las cosas de otro modo, de participar conjuntamente con otras personas, de experimentar y sentirnos protagonistas de nuestras propias vidas, de cómo se desarrolla esa vida en el entorno, del funcionamiento de la sociedad, nuestra sociedad. Y si se vivencia esa aportación constructiva donde toma valor la actuación propia que se multiplica al ser comunitaria bajo la identificación con un algo común donde la diversidad es herramienta de crecimiento, esto es ilusionante, engancha cuando lo experimentas, y el sentimiento y las posibilidades de actuación se multiplican y multiplican.


'''Ejemplos de redes de acción colectiva local'''


La aceptación de la realidad de la proximidad de una profunda crisis energética causada por el agotamiento del petróleo barato del que tanto dependemos para todo, y de la necesidad de actuar ante el cambio climático, impulsan diferentes grupos y sociedades a actuar con urgencia y profundidad para preparase ante este futuro de enorme incertidumbre.


En estos grupos se planea la urgente necesidad de crear formulas estratégicas y medidas inmediatas que nos libren de la dependencia de los combustibles fósiles, comenzando por los sectores sociales y económicos identificados como más vulnerables. En general la preocupación inmediata no pone el acento en el cambio climático, si bien muchas de las medidas están claramente vinculadas a ambos problemas.


Estas planificaciones y nuevas ideas se centran principalmente en la puesta en marcha de políticas de la reducción del uso de energía y recursos, la sustitución de energía basada en combustibles fósiles con energías renovables, la autosuficiencia alimentaria y productiva, la movilidad de mercancías y personas a través de transportes sostenibles, implicando a toda la comunidad para fortalecer la cohesión social.


Estas medidas suelen plasmarse un planes que marcan objetivos cuantificados de reducción del consumo de petróleo, aumento de la producción de energía por renovables, gestión de residuos, autoproducción alimentaria, etc. para plazos de 10 o 20 años.


Dentro de las numerosas experiencias y modelos que están experimentando para afrontar la crisis energética y el cambio climático dos de ellos destacan por su importancia, la red de Ciudades en Transición (transition towns) y las Ciudades Post Carbono (postcarbon cities). Ambas organizaciones, aunque con grados muy diferentes, dan una gran importancia a la implicación de la ciudadanía activa en la concienciación social y en la búsqueda de soluciones.


Ciudades en Transición – Transition Towns


Comenzando en 2006 en Irlanda de la mano del liderazgo de Rob Hopkins, convierte al municipio ingles de Totnes en su referente de “Ciudad en Transición”, extendiéndose rápidamente en una amplia red de municipios, poblaciones o comunidades en transición, que continua multiplicándose por muchos países. Hoy la organización de esta red refiere a una organización llamada Transition Network, que coordina los principios y procedimientos que siguen las Iniciativas de Transición locales.


Esta red trata de de afrontar los peligros de la escasez del petróleo y el cambio climático a partir de la organización entorno a comunidades locales. A través de la creación de resiliencia - capacidad de adaptación a los cambios - buscando ser lo más autosuficientes en alimentación, energía, consumo y uso sostenible de los recursos a nivel ecológico, económico y social.


En la propuesta de las transition towns es la ciudadanía, la comunidad, quien desde abajo es la impulsora y sujeto activo de la trasformación; aunque busca contar con el apoyo del gobierno local, la institución acompaña, pero el proceso es liderado por la comunidad. De hecho las actividades se basan en la iniciativa colectiva de dos o más personas poniéndose en marcha al nivel que se pueda, fomentando la capacidad de ingenio, de realizar inventos, de creatividad y de adaptación a los cambios


Se trata de un experimento social a una escala masiva en que se aplican activamente los principios de la psicología de cambio, orientado a involucrar el mayor número de personas posible. Este movimiento se define apolítico y se quiere distinguir de lo que considera el “activismo tradicional” que enfrenta estructuras de poder y no evita los conflictos.


La ideología central del movimiento de las comunidades de transición es la idea de que una vida sin petróleo, de hecho, podría ser mucho más agradable y satisfactoria que la actual: "cambiando nuestra mentalidad de que en realidad la próxima era después del petróleo barato es más una oportunidad que una amenaza, y diseñar el futuro en donde se darán bajas emisiones de carbono para ser prósperos y resistentes; un lugar mucho mejor para vivir que el actual cultura del consumo, alienado, basado en la codicia, la guerra y el mito del crecimiento perpetuo.”


Su premisa es que si esperamos a que actúen los gobiernos será tarde, si las actuaciones son solamente individuales podrían ser insuficientes, pero si se actúa como comunidad podrían hacerse los cambios necesarios y en el tiempo necesario. Aunque no renuncia a su aplicación en grandes poblaciones subdividiéndolas en barrios o subcomunidades, las ciudades en transición se presentan más como un modelo para poblaciones pequeñas de entornos rurales.


Apuestan por la autosuficiencia mediante la descentralización económica fortaleciendo una propia economía local impulsando iniciativas prácticas como el trueque o los bancos de tiempo, incluso con la emisión de moneda propia. Entre sus “indicadores de resilencia” para medir su capacidad de autosuficiencia y capacidad de adaptación miden el índice de propietarios locales de las empresas, la producción local de bienes y productos, la autosuficiencia energética, la moneda local circulando o la soberanía alimentaria con los porcentajes de alimentos de producción local.


A la vez que la Red de Transición deja un amplio margen de autonomía y variabilidad en el desarrollo de procesos y medidas, también establecen un rígido procedimiento para entrar a formar parte de ella, condicionada a una dinámica de apoyo muy estandarizada. Para que los grupos locales impulsores sean admitidos como parte del movimiento deben cumplir una serie de requisitos (conciencia de pico del petróleo y el cambio climático, un grupo de activistas para liderar el proceso, tener relaciones positivas con la administración local, asistir a un curso impartido por la red, informar y colaborar con la red de modo periódico, etc. ). También se establece una guía de acciones que comienza por una larga etapa de sensibilización de la comunidad, que debe llegar a la realización de un plan de reducción energética, realizado tras un proceso participativo con grupos de trabajo temáticos que van implementando las diversas iniciativas.


.“El optimista piensa que algo saldrá, algo inventarán, y el catastrofista se dice que ya es imposible. Entre medias está lo positivo, la Transición” Javier Zarzuela


 Ciudades Post Carbono


Con presencia principalmente en Norteamérica, con un modelo más centrado en las grandes ciudades extensas que el de las ciudades en transición, Los proyectos de ciudades post carbono están enfocados a lograr el reconocimiento explicito y documentado de la urgencia e importancia de prepararse para el fin del desarrollo basado en el petróleo. El Programa de las Ciudades Post Carbono provee asistencia técnica y recursos a la gente que trabaja con y para los gobiernos locales, desde los miembros por elección y los funcionarios administrativos hasta los consultores y las organizaciones no gubernamentales.


Entre las ideas clave promovidas por estos proyectos se destaca la necesidad de la relocalización y la economía descentralizada, reducción del consumo y la producción local en modo más autosuficiente posible. A través de estos objetivos se plantea superar la dependencia del petróleo, reducir las emisiones causantes del cambio climático y la preparar a la sociedad para un futuro de cambios que reduzcan su vulnerabilidad.

De hecho, gran parte de las preocupaciones que motivan los proyectos tienen que ver con la enorme vulnerabilidad de las ciudades extensas y su terrible dependencia del trasporte basado en el petróleo, poniendo gran énfasis en la necesidad de frenar la extensión de las urbes e intentar reducir las distancias entre vivienda y trabajo, etc.


También se valora la cohesión y la participación social basada en el sentimiento de comunidad y de un proyecto común. La concienciación de la población - además de considerarse un valor en sí mismo - se concibe como necesaria para aplicar los cambios, pero en el modelo de las ciudades postcarbono queda algo relegada bajo la importancia que toman los expertos y las políticas públicas a gran escala. Consideramos que, en cierta medida, queda desaprovechada la capacidad creativa de la ciudadanía y la importancia del papel que puedan jugar las personas como sujetos activos del proceso de reinvención de la forma en que nos movemos, como diseñamos las casas y las ciudades, qué y cómo consumimos cuanta energía necesitamos y como producirla.


 Otros ejemplos


 Ciudades Lentas - Movimiento Slow Cities:

Ciudades Lentas es una organización inspirada por la organización Slow Food (comida lenta). Los objetivos incluyen mejorar la calidad de vida en las ciudades mientras resisten a la homogeneización y apoyar la diversidad cultural de la ciudad y sus características. En el Estado Español ya existen diferentes ciudades que han podido demostrar su conformidad con los requisitos de estructura urbana, de legislación ambiental y promoción de los productos locales impuestos por la Comunidad Slow.

Cittaslow es parte de una tendencia cultural conocida como el Slow movement, que propone tomar el control del tiempo dando prioridad a las actividades que redundan en el desarrollo de las personas, encontrando un equilibrio con la utilización de la tecnología orientada al ahorro del tiempo.


 Eco-Aldeas


La concepción y construcción de Eco-Aldeas nacen en los años 70 con el objetivo de recuperar una escala humana para la vida, que ven perdida por la urbanización, la modernización y la globalización de la economía de mercado del liberalismo. Las personas que realizan estos proyectos plantean el asentamiento en pequeñas comunidades rurales para reconectar el ser humano con la tierra, con la espiritualidad y con el resto de la humanidad. Basándose en la recuperación del sentir de comunidad y modelo de vida plenamente participativo y ecológico han reforzado su presencia en los últimos años impulsando la creación de una red de ecoaldeas muy extensa.


 A modo de resumen


Existen diversos modelos o ejemplos de nuevas maneras de afrontar la realidad con el objetivo de adecuar nuestro modo de vida a un uso proporcionado de los recursos que permite el respeto al medio ambiente. Hay modelos diferentes de construcción local (ciudades post carbono, ciudades en transición, ciudades lentas, ecoaldeas, etc). Todos defienden que debemos aprender a vivir con menos, a recuperar lo local y lo cercano, a reforzar el sentimiento de comunidad y la participación, y que esto puede ser una magnífica oportunidad para mejorar nuestra calidad de vida. El conocimiento sobre los problemas existentes (cambio climático, pico del petróleo, agotamiento de los recursos, etc…) es fundamental, y debemos trabajar para que, más allá de gobiernos o “expertos”, una gran parte de la ciudadanía tome conciencia de su capacidad de actuación y cambio, de lo pequeño a lo grande, de lo local a lo global, de lo simple a lo complejo, de lo concreto a lo abstracto.


Ya existen muchos ejemplos concretos de acción colectiva que enfocan estos objetivos. Por ejemplo, los Grupos de Consumo Responsable en que las personas colectivamente deciden qué y a quien compran, se reparten responsabilidades y fomentan el consumo de productos locales y ecológicos. Estos grupos introducen en sus vidas la coherencia con los conceptos de soberanía alimentaria, huella ecológica, anti- cooperación, permacultura, y muchos más.


La gravedad de la amenaza del Cambio Climático y la incertidumbre ante los efectos del pico del petróleo, así como la inquietud por encontrar una mejor calidad de vida de las personas, frustrada en el consumo desenfrenado de bienes y recursos, nos lleva a plantearnos el repensar cuáles son nuestras necesidades reales, vitales, y como satisfacerlas. En esta óptica existen otras muchas iniciativas interesantes: huertos y composteras comunales, tiendas sin dinero, bancos de tiempo, cooperativas de energía solar y talleres intercambio habilidades.


Acostumbrados-as a “lo que hay” pocas veces nos paramos a pensar que estamos haciendo, cómo y para qué. Demasiadas veces aceptamos o nos conformamos erróneamente con lo que hay como si fuera lo único posible.


V. Movimiento para el decrecimiento


El movimiento para el decrecimiento enfoca la raíz de la crisis multidimensional (ecológica, social, económica y cultural) de nuestra sociedad, poniendo en cuestión el modelo socioeconómico actual volcado al crecimiento infinito y poniendo de manifiesto la complejidad del conjunto de retos a que se enfrenta la humanidad.


El decrecimiento es una estrategia científica-política-comunicativa originada en las universidades a través de debates que involucran conceptos desarrollados por economistas, sociólogos, ambientalistas, políticos... generando muchas redes de personas interesadas. Estas ideas no se han quedado arrinconadas en unos seminarios, sino han prosperado en un movimiento volcado a fomentar la construcción colectiva de una visión innovadora sobre cómo enfrentarnos a la crisis multidimensional, de manera descentralizada y abierta.


Abdré Gorz, Ivan Illich, Joan Alier y Serge Latouche, son autores que inspiran muchos, pero el decrecimiento no está basado en textos icónicos. Incorpora una fuerte corriente social originada desde experiencias del movimiento okupa, neo-ruralismo, reivindicación del espacio público, y otras formas de reivindicación de un cambio de sistema socio-económico.


El decrecimiento aboga para la reducción de la producción y consumo como primer paso para reducir los efectos nefastos sobre el medioambiente y las desigualdades sociales debidos al círculo vicioso de la idea de crecimiento ilimitado (capitalismo productivista).


El movimiento del decrecimiento es un movimiento activista e ideológico que se enmarca en un horizonte de principios políticos claros: critica el modelo capitalista y aboga para la afirmación de conceptos como el equilibrio ecológico, justicia social, cohesión social y renacimiento cultural; dejando abiertos aquellos aspectos socio-organizativos que estos principios implican a nivel local, regional o estatal.


Ecologistas en Acción participa en este movimiento, aportando sus visiones sobre el ecologismo social, y contribuyendo al análisis de los vínculos entre la gestión de las necesidades humanas y la preservación de la naturaleza, a través de una línea de acción llamada “Menos para vivir mejor”.


Desde esta perspectiva, la acción individual y colectiva más importante que podamos asumir para luchar contra el cambio climático es poner en evidencia los aquello círculos viciosos que nos atrapan en un modo de vida injusto y contaminante, difundir conocimientos sobre las ideas alternativas que se están generando, planteando prácticas concretas y al alcance de todos y todas. Esperamos que esta publicación pueda contribuir a esta tarea e invitamos al quién lee estas líneas a expresar su perspectiva y acompañarnos en este importante camino.



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